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domingo, 10 de diciembre de 2017

LOS MASTINES DE BALBOA

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El  perro leoncico acompañó al explorador y aventurero Vasco Núñez de Balboa a numerosas batallas en las que siempre desempeñó un papel de vital importancia.

"La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es, y cuando la muerte es, nosotros no somos".

                                                                -Antonio Machado

En ese lugar había algo demasiado extraño, algo que no dejaba descansar ni a la muerte. Los estertores de la agonía sobrevolaban los cuerpos de los caídos y rubricaban sin cesar las dantescas líneas de la tragedia, como cuando esta ocurre sin parecer que está sucediendo; esa muerte que es como la monotonía de la lluvia en el pavimento, constante e impenetrable. Todo era en apariencia muy etéreo, muy detenido, y la niebla de la mañana lo hacía más rotundo y espectral. Pero lo cierto es que las almas en tránsito tenían prisa por huir de aquel escenario de horror mientras se desprendían lentamente de su sustancia biológica con destino a una frontera lejana.

Cientos de muertos en posturas inverosímiles cubrían como una macabra alfombra aquel lugar que había cogido a la divinidad mirando para otro lado. Todo el catálogo de horrores, tras una batalla librada prácticamente cuerpo a cuerpo, estaba en el muestrario de gestos desgarradores representado por aquellos desdichados. Solo algunos se habían ido pacíficamente, con serenidad, desangrados de a poco; quizás como si hubieran sentido una liberación de la dura lacra de lo terrenal.

La batalla de Darién, los perros hicieron estragos entre los combatientes locales; de ahí que el número de caídos fuera tan elevado.

Rodeados de torpes tapires y de papagayos multicolores, del impactante silencio de la jungla, de docenas de aterrorizados ojos escrutadores, los supervivientes indígenas habían huido hacia las profundidades de la selva e incrustados en la foresta observaban el desgarrador panorama. Aquella desfigurada amalgama de restos mortales esperaban en vano una sepultura digna.
Vasco Núñez de Balboa. (Wikimedia Commons)

Vasco Núñez de Balboa. (Wikimedia Commons)
Balboa, Vasco Núñez de Balboa, el explorador y aventurero que descubriría para la Corona el Océano Pacífico, no había accedido en plan “buen rollito “a la otra orilla del istmo de Panamá. En primera instancia, desde la óptica de las inmisericordes reglas de la guerra, era una política inteligible cuando la resistencia de los nativos era obvia. El problema era cuando la respuesta se iba de las manos. Durante el penoso trayecto desde la península de Darién hasta las orillas del gran océano, había aliado a tribus mediante pactos, a través de matrimonios concertados con los caciques locales y sus hombres –él mismo se había casado con la bella hija del líder Careta–, o, directamente, mediante el exterminio más feroz de las tribus que no se avenían a razones.

Leoncico, un soldado más

Sí, en la conquista hubo una parte romántica y aventurera, mística y grandiosa, un cambio de era para la humanidad, pero también, otra más tremenda, a sangre y fuego. A pesar de que la tecnología y las famosas jaurías de perros de combate tan usados profusamente por los conquistadores estaban decantando el éxito para las armas peninsulares, la realidad última es que el coste en términos humanos era durísimo y para ambas partes, intolerable. En la batalla de Darién, de la cual no hay ni muchos ni pocos registros históricos por su largo desarrollo en el tiempo –fueron una sucesión de emboscadas concatenadas–, los perros de la tropa hicieron verdaderos estragos entre los combatientes locales; de ahí que el número de caídos por parte de los indígenas fuera tan elevado.
Según los registros del escribano ValderrabanoLeoncico, el mastín hijo del famoso Becerrico y propiedad de Vasco Núñez de Balboa, había causado una escabechina sin precedentes en los anales militares en una de las múltiples celadas tendidas por Comagre, otro de los caciques locales, que más tarde, se haría amigo de toda la vida del extremeño. Se cuenta que era tal la mortandad causada por el animalito, que impresionados los españoles, le pusieron una paga a perpetuidad. La guerra tiene a veces un sesgo onírico y surrealista…

Los indígenas no tenían respuesta ante la agresiva jauría de perros que acompañaba a los españoles.
Hay que recordar que Vasco Núñez de Balboa se había dado a la fuga de La Española huyendo de sus acreedores. Metido en un gran tonel junto a su amado Leoncico, habían sorteado todos los controles que el gobernador había puesto para evitar que los ladinos deudores se fueran de perlas de la isla en una expedición a Panamá. Pero él lo había conseguido y además, se había convertido en el líder de la expedición. Era un “pieza” la criatura.
Conociendo las denuncias que se habían cursado contra él en España, se puso muy contento con la noticia ante la perspectiva de los nuevos y valiosos descubrimientos que esperaba hacer. Así, de esta forma, esperaba redimirse de sus anteriores desatinos. En este escenario, hacia 1513, el cacique Chucunaque le hablaría de un extenso mar que había hacia el sur con tierras y pueblos abundantes en oro.



Monumento a Balboa en Panamá. (Wikimedia Commons)
Monumento a Balboa en Panamá. (Wikimedia Commons)
A primeros de septiembre, Balboa, en busca del nuevo mar, partió con un millar de hombres; cerca de dos centenares de ellos, españoles. Una agresiva jauría de perros les acompañaba imponiendo en vanguardia una forma de guerra desconocida ante la cual los indígenas no tenían respuesta. Nubes de dardos envenenados escupidos por las cerbatanas no eran suficientes para penetrar los tupidos cueros vueltos que servían de coberturas a aquellos impresionantes animales. Las lluvias además complicarían la marcha a través de las ciénagas mientras los mosquitos hacían su agosto.

El rey católico reconoció a Balboa sus méritos por el descubrimiento del nuevo océano y las tareas de pacificación con los caciques. 
Finalmente, el contingente quedaría reducido a 66 hombres, los que a la postre pudieron contemplar el Océano Pacifico en la mañana del 25 de septiembre. Cuatro días después celebrarían profusamente con dos odres de vino, tamaña hazaña. Pero las inquinas y diferencias internas, las ansias de protagonismo frente a la labor de equipo, no auguraban nada bueno.

Cuando la muerte llamó a la puerta de Balboa
Haciendo uso de su poder omnímodo, Pedrarias, a la sazón gobernador, determinaría la muerte del famoso explorador mediante sucias artimañas. Para marzo de 1515, Pedrarias Dávila –un personaje de una crueldad legendaria–, recibiría desde España y firmado por el rey mismo el nombramiento del descubridor como adelantado del Mar del Sur y la gobernación de Panamá y Cohíba, o lo que es lo mismo, toda la extensión de la costa Pacífica de Panamá. De esta manera, el rey católico reconocía a Vasco Núñez de Balboa sus méritos por el descubrimiento del nuevo océano y las tareas de pacificación con los caciques locales.
Pedrarias hizo una interpretación muy sui generis de la carta y retrasó deliberadamente la entrega de la misma al destinatario. El caso es que le llamaría a capitulo, y tras ser prendido in situ por Francisco Pizarro –que siempre envidió sus éxitos–, sería ejecutado sin más dilación. Así se cerraría la historia de uno de los más grandes conquistadores, por la puerta de atrás y sin que le llegara a tiempo el reconocimiento merecido. Leoncico habría dado buena cuenta del taimado truhán, pero ya había muerto en combate, como los héroes. Más allá del velo de la muerte, el llanto purificador de la amada de Balboa, en su desgarradora expresión; era en esencia, la verdad última de la vida.

sábado, 9 de diciembre de 2017

CATADOR DE ALIMENTOS EN LA ANTIGÜEDAD

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Un bocado mortal:


El veneno era antiguamente un arma poderosa que podía ser utilizada por los aspirantes a asesinos para deshacerse de sus objetivos. Esto era especialmente útil cuando la eventual víctima era una persona asentada en el poder y rodeada de guardaespaldas. Una de las maneras en las que los venenos pueden administrarse es a través de la comida y la bebida. En muchas sociedades antiguas, el temor a ser envenenado llevó a muchos miembros de las clases dominantes a contratar a catadores de comida. Lo crean o no, este temor persiste incluso hoy en día: existen varios ejemplos de catadores de alimentos empleados por los ricos y poderosos en el mundo moderno.


Haloto, catador y envenenador

Como su nombre indica, un catador de comida se encargaba de la tarea de degustar la comida de una persona. Esto se hacía para asegurarse de que la comida / bebida no había sido contaminada por algún veneno y podía consumirse sin riesgo. Encontramos numerosos catadores de alimentos a lo largo de la historia de la humanidad. Uno de los más famosos catadores de alimentos, por ejemplo, fue un eunuco conocido por el nombre de Haloto. Era el catador de alimentos empleado por el emperador romano Claudio, y es recordado en la historia precisamente por haber sido el asesino de Claudio.

Estatua de Claudio expuesta en los Museos Vaticanos. (Sailko/CC BY SA 3.0)

Estatua de Claudio expuesta en los Museos Vaticanos. 
      (Sailko/ CC BY SA 3.0 )

Aunque la causa de la muerte de este emperador es todavía tema de debate entre los expertos, Haloto destaca como principal sospechoso. Según antiguos autores como Tácito, Suetonio y Plinio, Haloto fue quien sirvió a Claudio las setas (uno de sus alimentos favoritos) en un banquete celebrado en el año 54 d. C. Al plato se le añadió el veneno hecho por Locusta, y la trama fue orquestada por la esposa del emperador, Agripina la Menor.

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Joseph-Noël Sylvestre: Locusta prueba en presencia de Nerón el veneno preparado para Británico. ( Dominio público )

Aunque Haloto sigue aún hoy siendo sospechoso de regicidio, no se enfrentó a represalias por su presunto delito durante su vida. De hecho, conservó su trabajo durante el reinado de Nerón, quien sucedió a Claudio. Por otra parte, durante el reinado de Galba (sucesor de Nerón), Haloto fue nombrado procurador, un puesto importante de gobierno, por el nuevo emperador. Podría añadirse que, aunque Galba ejecutó a casi todos sirvientes de Nerón cuando llegó al poder, Haloto fue uno de los pocos que se salvaron. Haloto finalmente desapareció de los registros históricos, pero podemos suponer que falleció por causas naturales.

El desafortunado catador de Marco Antonio

Sin embargo, no todos los antiguos catadores de comida fueron tan afortunados como Haloto. Un ejemplo de catador de comida ‘realizando su trabajo’ puede verse en la historia de Marco Antonio y Cleopatra. Aunque la pareja se cuenta sin duda entre los amantes más famosos de la historia antigua, parece que desconfiaban el uno del otro. Según Plinio, durante el tiempo que llevó finalmente a la fatídica Batalla de Actium en el 31 a. C., Marco Antonio tenía un catador de comida a mano en todo momento, ya que desconfiaba de Cleopatra y le preocupaba la posibilidad de que ella le envenenara cuando ya no le fuese de ninguna utilidad.

Banquete de Cleopatra. Óleo de Gerard de Lairesse. (Dominio público)
Banquete de Cleopatra. Óleo de Gerard de Lairesse.
(Dominio público )

Plinio continúa diciendo que Cleopatra encontró esto gracioso, y decidió divertirse a expensas de su amante. De este modo, en un banquete llevó puesta en la cabeza una diadema de flores cuyas extremidades habían sido bañadas en veneno. A medida que transcurría la fiesta, el ambiente se iba haciendo cada vez más alegre, y Cleopatra desafió a su amante a tragarse las flores mezclándolas con vino. Marco Antonio no podía rechazar el desafío, y casi llegó a beber el vino envenenado, pero la reina le detuvo. Cleopatra llamó entonces a su catador de alimentos, quien, sobra decirlo, cayó muerto tras beber el vino. Así, Cleopatra demostró a Marco Antonio que la mejor precaución que podía tomar para no ser envenenado era confiar en ella.

viernes, 8 de diciembre de 2017

UNA HISTORIA SOBRE GEODESIA Y HUMANISTAS ESPAÑOLES



Lámina de las Observaciones astrónomicas y phisicas...(1748), de Jorge Juan.



Es el siglo XVIII un siglo de continuos avances en todos los campos de la ciencia y la cultura. Se desarrolla la máquina de vapor, Lavoisier asienta los cimientos de la química moderna, Edward Jenner produce la primera vacuna, Linneo comienza a utilizar su nomenclatura taxonómica, en la filosofía aparecen nombres como Kant, Voltaire o Locke y, tras la Revolución Francesa, Olympe de Gouges escribe la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana. Estos son solo algunos de los hechos acontecidos durante el que la historiografía acertadamente ha venido a llamar el Siglo de las Luces, un siglo en el que Europa vivió multitud de cambios y preparó el terreno para una centuria donde la geopolítica sería alterada enormemente, en parte gracias a los avances del XVIII.
En el caso de la por entonces Monarquía Hispánica el siglo comenzó con el fin de la casa de Habsburgo y la subida al trono del nieto de Luis XIV de Francia, Felipe V, a lo que le siguió la Guerra de Sucesión. Los conflictos internacionales, que no los internos, finalizaron en abril de 1713 con la firmadel tratado de Utrecht.
Apenas tres meses antes de la firma del tratado nacía en la Villa de Novelda (Alicante) el protagonista de esta historia, Jorge Juan y Santacilla.
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Jorge Juan y Santacilia. Fuente
Tras realizar sus primeros estudios en Zaragoza fue enviado a Malta con 12 años, donde sirivió como paje al Gran Maestre de la orden, Antonio Manoel de Vilhena (1663-1736). En 1729 volvió a España para comenzar sus estudios en la Compañía de Reales Guardias (Cádiz), sin embargo durante seis meses tuvo que acudir en calidad de oyente a falta de una vacante que le permitiese acceder oficialmente a los estudios. Durante los siguientes años navegaría por el Mediterráneo en distintas escuadras a medida que iba ascendiendo en la carrera de Marina y participaba en distintas campañas en el norte de África hasta que a principios de 1734 vuelve a Cádiz, donde prosigue sus estudios.
Durante 1734 se le seleccionó junto a D. Juan García del Postigo (sustituido finalmente por D. Antonio de Ulloa; 1716-1795) para participar en una expedición organizada por la Real Academia de Ciencias de París, dirigida por Louis Godin (matemático y astrónomo; 1704-1760) y de la que también formaban parte Charles Marie de La Condamine (geógrafo y matemático; 1701-1774) y Pierre Bouguer (matemático y astrónomo; 1698-1758).
La motivación de la expedición era avanzar en los estudios de geodesia, es decir, el estudio de “la figura y magnitud del globo terrestre” (DLE, 2014).
Ya en la Antigua Grecia autores como Pitágoras, Platón o Aristóteles establecían la esfericidad de la Tierra. Posteriormente Erastótenes estimó el tamaño de la Tierra mediante el estudio de las sombras producidas por el Sol durante el solsticio de verano en Asuán y Alejandría, errando el cálculo en aproximádamente un 10%. Siglos después Estrabón observaría fenómenos físicos que delatarían la curvatura de la Tierra. Bien entrada nuestra era al-Biruni aproximaría la estimación del cálculo de la circunferencia terrestre aún más. Finalmente, en 1522, tras la llegada a Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) de la expedición iniciada tres años antes por Magallanes y Elcano se confirmó, junto con las evidencias anteriores, la esfericidad de la Tierra gracias a la circunnavegación que realizaron.
Una vez determinado el tamaño aproximado y la esfericidad de la Tierra se empezó a pensar que quizás no fuese una esfera perfecta, para lo cual existían dos principales teorías:
  • Newton en su obra Philosophiae naturalis principia mathematica (1687) decía que la Tierra era un esferoide oblato, una figura similar a una esfera pero con el radio de los polos más corto que el radio ecuatorial (o lo que es lo mismo, una esfera achatada por los polos).
  • Cassini, por su parte, decía que la Tierra era un esferoide prolato, es decir, que el radio de los polos es mayor que el radio del ecuador.
Es así como surgieron los intentos por determinar de forma empírica la forma de la Tierra, para así ver cual de las dos teorías era la correcta (SPOILER: acabaría ganando Newton). Para realizar estos cálculos se acudió al uso de los arcos de meridiano. Un arco de meridiano es la medida precisa de la distancia entre dos puntos que se encuentran en la misma longitud, si nos encontrásemos en una esfera perfecta dos arcos realizados con el mismo ángulo en cualquier punto de la superficie marcarían la misma distancia entre los puntos de referencia.
Y este es el punto en el que volvemos a nuestro protagonista. La Real Academia de las Ciencias de París encargó dos expediciones, la primera a Laponia, en el Círculo Polar Ártico, encabezada por Maupertuis (matemático y astrónomo; 1698-1759) y Anders Celcius (astrónomo y físico; 1701-1744) y la segunda, en la que participó Jorge Juan, destinada a realizar las medidas del ecuador en la Real Audiencia de Quito, en el Virreinato del Perú.
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Cuadrante utilizado para medir la latitud en la expedición. Fuente
El arco cercano al ecuador se midió entre las poblaciones de Mira y Cuenca, ambas en Ecuador. Para ello se observó la altura respecto al horizonte de tres constelaciones: Antínoo (constelación actualmente en desuso), Orión y Acuario. Una vez determinada la posición de las estrellas en ambos sitios se resolvió cual era la diferencia entre ambos cuadros del cielo, esto es 3º26’52”, cabe decir que estas medidas se repitieron varias veces y las hicieron por su cuenta tanto Jorge Juan como de Ulloa, con lo que el error en los datos se reducía. Una vez obtenidos los datos solo faltaba saber cuánto medía un grado terrestre, para ello se divide la distancia entre los observatorios y la amplitud del arco obtenido, con lo que obtuvieron una distancia del grado en el ecuador de 56767,788 toesas (1 toesa = 1’496m), a esto habría que añadir que el grado estudiado por Maupertuis en Laponia medía 57437,9 toesas y el medido posteriormente por Cassini de Thury en el paralelo 45 en Francia medía 57050 toesas, por lo que como el propio Jorge Juan concluye:
[...] tenemos de cierto, que los grados de Meridiano de la Tierra no son iguales, y que van disminuyendo al passo, que se aproximan al Equador; y así […] la Tierra no puede ser perfectamente Esphérica, […] ha de ser precisamente Lata: esto es, el Diametro del Equador mayor que su Exe.[...] 
Además de esto, la expedición no se limitó a estudiar solo la forma de la Tierra. Cuando Jorge Juan y de Ulloa llegaron a Cartagena de Indias aún faltaban varios meses para que el resto de la expedición alcanzara puerto con el material científico. En ese tiempo de espera aprovecharon para realizar las primeras medidas para fijar la latitud exacta en la que se encontraban gracias a un Annulo Astronomico y un Quarto de círculo (cuadrante) que les cedió D. Joseph Herrera que había servido a L.E. Feuillée (sacerdote y astrónomo; 1660-1732) en su viaje a Perú de 1711, en el que descubrió unas corrientes de agua fría que prácticamente un siglo después describiría el naturalista Alexander von Humbolt (1769 – 1859). En la primera de las medidas determinaron que se encontraban a 10º 26′ 43” al norte del ecuador. Para realizar estas medidas se observaba la altura del Sol al mediodía y mediante el uso de tablas de declinación del Sol se deduce la latitud; estas tablas permiten corregir el dato de la altura del Sol según la época del año y el sitio donde nos encontremos. Hay que recordar que estas medidas se realizaron con equipos que si bien no eran pequeños, sí que distaban del tamaño de los equipos utilizados en el resto de la expedición, por lo que cuando el resto de investigadores llegaron con los bagajes se confirmaron las medidas con equipos mayores que permitían dar un valor más preciso. Además se midió la oblicuidad máxima de la eclíptica, para lo que se usó una suerte de cuadrante con esteroides que Jorge Juan describe de la siguiente manera: 
[…] el Instrumento, que llevaron los Academicos Franceses, destinado à observar la amplitud del arco de la Meridiana; el qual tenìa doce pies de radio, siendo construído según muestra la figura Iª. En esta AF representa el anteojo montado con el Micrometro A; CB el limbo dividido en grados; D el centro, de donde pendía un hilo casi todo de pita DE, que mantenía el peso E: dixe casi todo de pita, poque en el parage que batía en el limbo era dicho hilo de plata, y muy delicado, para que con ello cortára limpiamente la transversal, y se pudiera juzgar de la altura mas facilmente.[...] 
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Cuadrante utilizado para dilucidar la oblicuidad máxima de la eclíptica. Fuente
Junto a la oblicuidad de la eclíptica o la forma de la Tierra se aprovechó la expedición para realizar estudios como por ejemplo los eclipses lunares, la dilatación y compresión de los metales, la determinación de la altura por barómetro o experimentos sobre la velocidad del sonido.
Durante los 9 años que estuvo Jorge Juan en Quito no se dedicó exclusivamente a realizar medidas para la expedición. A encargo del por entonces Virrey, el Marqués de Villagarcía de Arosa (1667-1746), comandó las defensas de Guayaquil por miedo al Almirante Anson (1697-1762), quién ya saqueara Paita en 1741. Dieron por finalizada la expedición en 1744, dirigiéndose a París donde, tras discutir los resultados de la expedición, los nombraron tanto Antonio de Ulloa como al propio Jorge Juan miembros de la Real Academia de las Ciencias de París. 
De la expedición se obtuvo multitud de resultados además de los nombrados anteriormente:
  • Los datos de la expedición se usaron en 1792 para definir un metro según el SMI (Sistema métrico internacional) como la diezmillonésima parte de la distancia que separa el polo del ecuador.
  • Antonio de Ulloa y Jorge Juan descubrieron el platino, realizando Ulloa la primera descripción del metal.
  • Se pudieron observar dos erupciones del volcán Cotopaxi en 1742 y 1744, la segunda está considerada una de las peores de este volcán desde que hay registros.
  • En 1748 publicaron Observaciones astronómicas y físicas hechas en los Reinos del Perú y Relación histórica del viaje hecho de orden de S.M. a la América Meridional.
  • Se realizó una descripción del antiguo Palacio Inca del Callo.
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Paisaje doméstico del Corregimiento de Quito. Fuente.

Tras el viaje a Quito Jorge Juan tuvo varios destinos. Durante 18 meses ejerció de espía en Londres, de donde debía importar las técnicas inglesas de construcción naval. A su vuelta de Londres se le encomendó llevar a la práctica lo aprendido, siendo el responsable de la construcción de navíos, además de encargársele la dirección de los Arsenales. Trabajó también como ingeniero en las minas de Almadén, solucionando problemas en su ventilación. Fue nombrado Capitán de la Compañía de Guardias Marinas. Fundó la Asamblea amistosa literaria, que sería un germen para una futura Academia de Ciencias Exactas; de aquí saldría la idea de escribir la que se considera su obra magna, Examen Marítimo, un tratado sobre construcción naval y navegación que fue traducido y vendido a lo largo de toda Europa. Al final de su vida desempeñaría misión diplomática frente al sultán de Marruecos y dirigiría el Real Seminario de Nobles, muriendo el 21 de junio de 1773. 

lunes, 4 de diciembre de 2017

¿QUÉ ERA LA GUARDIA PRETORIANA?


guardia pretoriana

La Guardia Pretoriana era, en la República Romana, los guardaespaldas personales de un comandante y luego, en el período imperial, una fuerza de élite asignada para proteger al emperador. Con los años, la guardia se convertiría en una amenaza peligrosa para el poder imperial y los emperadores se vieron obligados en ganarse su favor para asegurar su reinado. En los siglos I y II dC, muchos emperadores fueron asesinados con la participación de la Guardia Pretoriana, e incluso uno de ellos, Macrino, fue nombrado emperador.

Historia de la Guardia Pretoriana

En el período republicano, los pretorianos eran una pequeña escolta que protegía a un comandante, general o gobernador del ejército. Su nombre deriva de la casa o palacio del comandante, un pretorio. Esta pequeña fuerza creció en número durante las guerras civiles de Roma y cada líder tenía un guardaespaldas personal. El primer emperador de Roma, Augusto, fue un paso más allá y, en el año 27 a.C. creó una guardia personal permanente de nueve cohortes con un total de al menos 4.500 hombres para protegerse a sí mismo y a la familia real, la Guardia Pretoriana. Esto se sumó al pequeño grupo de guardaespaldas, en su mayoría germánicos, que él y muchos de sus sucesores emplearon.
guardia pretoriana

 En el 2 a.C. Augusto 
 Designó a dos Prefectos para 
 dirigir a la Guardia pretoriana.

  Curiosamente, fueron los únicos hombres a quienes se les permitió llevar una espada en presencia del emperador. Con el tiempo, estos Prefectos, poseedores del más alto rango ecuestre, fueron nombrados miembros del consejo asesor del emperador e incluso adquirieron algunas funciones judiciales, financieras 
del ejército.También aumentaron en número a cinco durante el reinado de Constantino I.                 
Durante el reinado de Tiberio, el sucesor de Augusto, la Guardia se expandió a 12 cohortes. Vitelio (año 69) la expandió de nuevo al agregar parte de su ejército del Rin, de modo que la Guardia ahora tenía dieciséis cohortes de 1,000 hombres. Domiciano luego redujo el número a diez cohortes, cada una comandada por un tribuno.
También se añadió caballería, los équites singulares Augusti -caballería personal del Augusto-, que consistió primero en 500 caballos y luego 1,000. Cada vez más, desde el siglo II, la Guardia Pretoriana se utilizaba como una útil reserva de ejército y con frecuencia iban al campo de batalla, ayudando a su emperador a defender el imperio o a su candidato a emperador a alcanzar su objetivo. En el campo, un prefecto pretoriano sería el segundo al mando si el emperador estuviera presente o el único comandante si no fuera así.

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Privilegios de la Guardia Pretoriana


Los miembros de la Guardia recibieron privilegios en un diploma firmado por el emperador. Antes del 13 a.C., sirvieron durante 12 años, mientras que los legionarios cumplían 20 años; después de las reformas en el 5 a.C., los pretorianos pasaron a cumplir 16 años de “servicio” y los legionarios 25. Los Guardias también disfrutaban más de tres veces el salario otorgado a los legionarios ordinarios. Su estatus superior quedo patente cuando Augusto dejó a cada miembro 1,000 sestercios en su testamento en comparación con los 300 que recibió un legionario.
Los pretorianos también se distinguieron por su armadura más fina y su escudo ovalado, a diferencia del escudo rectangular de otras legiones. Tenían su propio estandarte cuando estaban en la batalla, un águila y una corona.
Los guardias pretorianos provenían en gran parte de Italia o de las provincias completamente romanizadas para garantizar mejor su lealtad. Tres cohortes estaban estacionadas en Roma, y ​​el resto permanecía en ciudades alrededor de la capital.

guardia pretoriana

Poder e influencia


A medida que el trono imperial se tambaleaba con las constantes intrigas intramuros de palacio, la Guardia Pretoriana se convirtió en un factor importante en los complots para cambiar emperadores. En el año 41, Claudio, después del asesinato de su predecesor Cayo (Calígula) por la Guardia Pretoriana (cuyos oficiales habían sido humillados por él), agasajó a la Guardia entregándoles grandes sumas de dinero: 15,000 sestercios por hombre.
En la época de Cómodo, a finales del siglo II, la Guardia se había convertido en una fuerza poco disciplinada. En el 193 asesinaron a Pertinax; después de todo, él solo les había ofrecido 12,000 sestercios a cada uno, y luego dieron su apoyo a cualquiera que pudiera pagarles lo suficiente. El ganador fue Didio Juliano. Didio ofreció pagar la enorme suma de 25,000 sestercios a cada miembro de la Guardia, el equivalente a la paga de 5 años, y cuando se convirtió en emperador elevó la recompensa a 30,000 por hombre. Esto empequeñecía los 20,000 sestercios que Marco Aurelio le había dado a cada miembro cuando se había convertido en emperador, aunque esto era un regalo “de corazón” y no un soborno…

El poder de la Guardia Pretoriana llevó al emperador Septimio Severo a reemplazar a los miembros más notorios por leales legionarios de sus ejércitos del Danubio. Aún así, la Guardia Pretoriana no desaparecería como un poderoso instrumento de poder, y en 217, Macrino, un prefecto, “arregló” el asesinato de Caracalla y fue declarado emperador por sus propios hombres. Finalmente, Constantino disolvió la Guardia Pretoriana en el año 312 después de que hubieran respaldado a su rival Majencio. Sin embargo, los prefectos pretorianos sobrevivirían, ya que a la sazón se habían convertido en importantes administradores de las regiones de Oriente, Galia, Iliria e Italia, un papel que continuarían desempeñando en el período bizantino.

sábado, 2 de diciembre de 2017

DOROTEO MIAJA, EL HÉROE DESCONOCIDO DE LA GUERRA DE CUBA


Un hombre humilde analfabeto que tuvo más dignidad que todo lo que le rodeaba


Foto: Refugiados en El Caney esperando su ración. (Wikipedia Commons)
Refugiados en El Caney esperando su ración. (Wikipedia Commons)

"Los problemas de Dios no me preocupan. Me preocupan los problemas de los hombres que inventaron un Dios que no hace más que darnos ratos malísimos. Quizás Dios exista - yo no lo creo-, pero no tiene sentido que nos matemos en nombre de Dios"
-José Saramago.

Una pequeña poesía en medio del apocalipsis, el dolor y la miseria del akelarre destructivo, era la andadura en solitario de aquel soldado incapaz de entender tamaño despropósito. Su íntimo rechazo al sufrimiento ajeno y propio, y el afán de redención ante tanto sinsentido le empujaron al suicidio. Aspiró fuertemente una bocanada de humo del que sería su último cigarrillo, lo tiró al suelo, lo apagó con sus destrozadas alpargatas, colocó su arma con la culata fuertemente apoyada en el suelo, se sentó en el recorte de un tronco centenario, y tomando conciencia de lo que iba a hacer, apretó el gatillo de su Mauser.
La detonación seca y suspendida en el silencio hizo que de la linde del bosque salieran una miríada de pajaros acompañando el alma del interfecto en dirección desconocida.

La única posesión de Miaja, dos docenas de cajas de munición que le había dejado su padre.


Doroteo Miaja era analfabeto. En su pueblo, una pedanía insignificante cercana a Alhama de Aragón en la que nunca pasaba nada mas allá de los ciclos de la naturaleza, se dedicaba al noble oficio de cazador recolector, oficio tan secular que se remonta a la noche de los tiempos y a los primeros pasos del Sapiens. Recogía setas, bayas, mataba serpientes con ingeniosas trampas y era un tirador de primera, oficio heredado de su padre, sargento en la última guerra carlista. Su carabina Remington Rolling Block, el exhaustivo entrenamiento en sotobosque y alta montaña al que le habia sometido su padre y dos docenas de cajas de munición que le habia dejado en herencia junto con aquella maquina infernal eran todo su haber y poseer.
Colocaba masa de harina húmeda en la bocacha del fusil para aminorar el ruido del disparo y en ocasiones en el entorno del cierre. Así mitigaba los efectos del fogonazo y el ruido, a modo de silenciador. Otras veces colocaba miga de pan o una patata cocida clavada en el cañón con igual suerte. Todos los días se comían un guisado exquisito que su compañera de fatigas se ocupaba de que fuera el más afamado de la comarca.
Pero la guerra de Cuba lo extrajo súbitamente de aquel idilio de silencio y paz y Doroteo se fue a matar.

Fin de época
Doroteo Miaja, durante el asalto al fuerte del Viso en la Batalla del Caney, en tan solo diez horas, había dado el visado para la eternidad a más de 24 soldados americanos con su precisa y afamada puntería durante el trágico asalto a las posiciones españolas. En el último instante, cuando se combatía cuerpo a cuerpo dentro del recinto, se escabulló y desapareció oculto en un saco terrero bien camuflado de hojarasca impregnada en barro, y a rastras y reptando, había desaparecido entre los campos de caña tan codiciada por los yankees y sus oscuros intereses económicos. Tras recorrer cinco kilómetros monte arriba evitando patrullas enemigas, tomó su decisión. Estaba muy enfermo, y entre la malaria, las diarreas constantes, la falta de hidratación conveniente -se bebía el agua infectada de las charcas-, el hambre lacerante y la sarna cruel, había decidido acabar con aquella mierda.
El general Vara del Rey y 550 hombres extenuados por el inmisericorde, monótono y cansino bombardeo de las piezas de artillería del 88 aguantaron estoicamente el asalto de los siete mil rangers y marines en una de las batallas más desequilibradas que se recuerdan en los anales militares. Vara del Rey y 500 de los suyos perecerían ante aquella imparable avalancha de rubicundos anglos, causándoles más de un millar de bajas antes de pasar a mejor vida. Fin de ciclo.
"No retengas a quien se aleja de ti, porque así no llegará quien desea acercarse", decía Carl Gustav Jung. Había que haberse dejado de dar golpes de pecho y vender Cuba como se propuso inicialmente. Además, los cubanos estaban hartos de jugar en segunda división y pensaban que los liberadores los iban a ascender a la liga de honor. A la luz de los acontecimientos fue un craso error.


Vara del Rey, un héroe menos anónimo.
Vara del Rey, un héroe menos anónimo.
La miseria a la que estaba sometida la tropa por el bloqueo marítimo estadounidense que no permitía el abastecimiento; el rechazo de una oferta de 300 millones de dólares por la isla con que el presidente Mc Kinley - en negociaciones ultrasecretas -, intentó jugar su última carta contra los levantiscos e incendiarios Pulitzer y Hearts -patrones de la prensa amarilla local-; la erosiva guerrilla de los locales Mambises y la grotesca chulería de la prensa española infravalorando al enemigo (además del claro y sospechoso boicoteo al submarino de Isaac Peral unos años antes, un arma decisoria en aquel contencioso), diseñarían un fin de época de sabor claramente agridulce. Se combatió honorable y heroicamente, pero bien se pudo evitar aquella carnicería anunciada.
A raíz de la batalla -o más bien resistencia heroica-, del Caney, y aunque sus cuerpos ya estaban inertes, el conjunto del batallón desaparecido recibió a título póstumo la laureada colectiva de San Fernando, pero ya era tarde y sus viudas y huérfanos solo conocerían la miseria.
El Caney fue el canto del cisne de un imperio que se desangraba desde hacía tiempo.
La explosión fortuita o no del crucero acorazado Maine, con su corolario de muertos, fue el pistoletazo de salida para una guerra que se había cocido a fuego lento. A pesar de que el barco tenía izado el pabellón de cortesía, su presencia era una clara provocación en la ensenada; en teoría venía a defender los intereses de los norteamericanos allá destacados por si el tema se ponía feo.
Se argumentó que el puerto estaba minado, que había sido un acto deliberado de sabotaje, y finalmente la prensa británica, mucho más objetiva que la norteamericana, y en particular 'The Times', alegaron que era un autentico montaje. No les faltaba razón. Las calderas estaban al lado de los pañoles de munición y la humedad y el calor local, pudieron muy bien hacer el resto. A todo ello se le podría añadir la nada desdeñable hipótesis de un atentado autoinfligido como cortina de humo para abordar el inmenso mercado azucarero que guardaban los fértiles campos de la isla y así, de una tacada, obtener el monopolio.

Amigo americano

Al final, y como sucede siempre, los norteamericanos alegarían que era una intervención humanitaria, argumento constante o algoritmo político que se ha reproducido hasta la saciedad en las más de cien intervenciones o guerras abiertas en el extranjero que este enorme país ha llevado a cabo a lo largo de su breve historia de 240 años de existencia. Un record.
Como consecuencia de este artificio, el cuerpo expedicionario norteamericano, muy subido y exultante por el paseo militar tras su desembarco en Daiquiri y por las arengas de la prensa amarilla local, se plantarían en El Caney, posición estratégica que cubría la entrada a Santiago.

Doroteo Miaja, un soldado valiente, se volvería loco ante el horror insoportable de matar humanos en vez de perdices y conejos.

Es sabido que se defendió hasta el último hombre y que los cincuenta supervivientes lo fueron por heridas extremas o falta de munición. Ya en las postrimerías del combate , en la iglesia del pueblo de El Caney solo se oían los susurros de las plegarias de los moribundos. La resistencia sería quebrada tras diez horas de cuerpo a cuerpo hasta que la intervención de cuatro ametralladoras Gatling y su indiscutible potencia de fuego en campo abierto, cerrarían aquel honroso capitulo a la par que tragedia inenarrable.
El general Vara del Rey sería arteramente asesinado cuando era transportado en camilla, la misma suerte que corrieron los dos camilleros. Pasadas 48 horas, los norteamericanos le rendirían honores militares conforme a su rango, siendo su cuerpo entregado a las autoridades de Santiago.
Doroteo Miaja, un soldado valiente, se volvería loco ante el horror insoportable de matar humanos en vez de perdices y conejos. En el caso de Vara del Rey, sabía a qué jugaba mientras se mantuvo de pie sin amparo ni protección alguna. Un militar clásico.
Esta es la historia de un soldado anónimo al que la guerra centrifugó las entendederas, de un general valiente y una tropa entregada, y cómo no, del "amigo americano".