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sábado, 22 de octubre de 2016

LAS OOBRAS DE MIGUEL DE CERVANTES

Las obras de Miguel de Cervantes

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Miguel de Cervantes en su Viaje del Parnaso nos habla de sus obras y nos señala, además, cuáles son sus preferencias:
Yo corté con mi ingenio aquel vestido
con que al mundo la hermosa Galatea
salió para librase del olvido.
Soy por quien La confusa, nada fea,
pareció en los teatros admirable,
si esto a su fama es justo se le crea.
Yo, con estilo en parte razonable,
he compuesto comedias que, en su tiempo,
tuvieron de lo grave y de lo afable.
Yo he dado en Don Quijote pasatiempo
al pecho melancólico y mohíno,
en cualquiera sazón, en todo tiempo.
Yo he abierto en mis Novelas un camino
por do la lengua castellana puede
mostrar con propiedad un desatino.
Yo soy aquel que en la invención excede
a muchos, y al que falta en esta parte,
es fuerza que su fama falta quede.
Desde mis tiernos años amé el arte
dulce de la agradable poesía,
y en ella procuré siempre agradarte.
Nunca voló la pluma humilde mía
por la región satírica, bajeza
que a infames premios y desgracias guía.
Yo el soneto compuse que así empieza,
por honra principal de mis escritos:
“Voto a Dios que me espanta esta grandeza”.
Yo he compuesto romances infinitos,
y el de los celos es aquel que estimo,
entre otros que los tengo por malditos…
Yo estoy, cual decir suelen, puesto a pique
para dar a la estampa al gran Persiles,
con que mi nombre y obras multiplique…
Tuve, tengo y tendré los pensamientos,
merced al cielo, que a tal bien me inclina,
de toda adulación libres y esentos.
Nunca pongo los pies por do camina
la mentira, la fraude y el engaño,
de la santa virtud total ruina.

Cervantes, poeta

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Cervantes escribió en verso sus diez obras de teatro más extensas, dos entremeses y un gran número de composiciones que publicó sueltas en algunos cancioneros de la época y otras en sus novelas. Su única obra poética publicada fue el Viaje del Parnaso (1614), poema de más de tres mil versos con numerosas referencias mitológicas y simbólicas, en el que realiza una crítica, generalmente muy elogiosa, a los poetas españoles como Guillén de Castro, Quevedo, Góngora y Lope de Vega.
La poesía cervantina nos permite conocer y comprender la poesía que se hacía en la España del siglo XVIII. Cultivó tanto la poesía tradicional como la italianizante, usando una considerable variedad de formas métricas:  romances, villancicos o redondillas, en el primer caso; y tercetos, octavas reales, sextinas, verso libre y, sobre todo, sonetos, en el segundo caso.
En una época en que España alumbró los mejores poetas de su historia, que terminaron siendo algunos de los mejores de la literatura universal (Garcilaso, San Juan, Quevedo, Lope de Vega o Góngora), Cervantes se sintió inseguro componiendo versos, lo que, junto a su habitual capacidad para la autocrítica, le llevó a desacreditarse como poeta; en Viaje del Parnaso llegó a decir:
Yo, que siempre trabajo y me desvelo
por parecer que tengo de poeta
la gracia que no quiso darme el cielo.
……
Yo, socarrón, yo, poetón ya viejo
Cervantes fue un poeta desigual, al que le costaba mucho esfuerzo componer versos, frente a la facilidad natural de Lope o la maestría técnica de Quevedo o Góngora. La calidad de sus novelas oscureció su obra poética. A Cervantes le hubiera gustado triunfar como poeta y, lo que es más importante, haber sido reconocido por sus coetáneos, como un buen poeta, reconocimiento que no se produjo y que él asumió con resignación y notable franqueza; en el propio Quijote (capítulo VI de la primera parte), cuando el cura y el barbero están expurgando la biblioteca del ingenioso hidalgo manchego, y ante la aparición de La Galatea, Cervantes hace decir al cura:
“Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos.”
Pero Cervantes amó la poesía: admiró la poesía armónica de Garcilaso de la Vega, o el ingenio lírico de Quevedo, o la arrolladora capacidad creativa de Lope. En el capítulo XVI de la 2º parte del Quijote, encontramos un buen ejemplo de la alta consideración que del género poético tuvo Cervantes; es el momento en que don Quijote conversa con el Caballero del Verde Gabán acerca del hijo de éste, don Lorenzo, que quiere ser poeta, lo que incomoda y preocupa al padre; pero don Quijote lo tranquiliza, diciéndole que le deje hacer que:
“Aunque la poesía es ciencia menos útil que deleitable, no es de las que suelen deshonrar a quien la posee. La poesía, a mi entender, es como una doncella tierna y de poca edad y en todo extremo hermosa, a quien tienen cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que son todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se han de autorizar con ella.”
Algunos de los poemas de Cervantes aparecen insertos en el Quijote, aunque es verdad que muchos menos que en su teatro que es donde podemos encontrar la mejor poesía cervantina.
Cuando escribió el prólogo a su famosísima novela, advirtió que quería dar su libro al lector sin el “ornato” de los sonetos, epigramas o elogios que solían incluirse al inicio de los libros, según era costumbre en la época, y que él mismo había practicado en La Galatea. Lope de Vega afirmó que Cervantes anduvo por Valladolid pidiendo que le escribieran algunos versos para el prólogo del Quijote “sin encontrar a nadie tan necio que alabe a don Quijote”, en palabras de Lope. Cervantes escribió él mismo los poemas iniciales. Finge que los escriben autores diversos (personajes de libros de caballerías, como Orlando furioso o Amadís de Gaula, Oriana o el Caballero del Febo). Son poemas muy densos, salpicados de notas eruditas y referencias al mundo clásico, como si Cervantes quisiera hacer gala de conocimientos que en su novela no podría demostrar.
A Cervantes le faltó la frescura y la gracia que, como poetas, tenían otros escritores de la época. En El curioso impertinente afirma que un poeta, del que no dice el nombre  y que, probablemente, era él mismo, escribió estos versos resignados y notablemente amargos, en estructura de décima:
Busco en la muerte la vida,
salud en la enfermedad,
en la prisión libertad
en lo cerrado salida
y en el traidor lealtad.
Pero mi suerte, de quien
jamás espero algún bien,
con el cielo ha estatuido
que, pues lo imposible pido,
lo posible aun no me den.
Cervantes consideró este soneto como lo mejor de su obra poética:
¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza,
y que diera un doblón por describilla!
pues ¿a quién no suspende y maravilla
esta máquina insigne, esta braveza?
¡Por Jesucristo vivo!, cada pieza
vale más de un millón, y que es mancilla
que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla!
Roma triunfante en ánimo y riqueza.
Apostaré que el ánima del muerto,
por gozar este sitio, hoy ha dejado
el cielo, de que goza eternamente.
Esto oyó un valentón, y dijo: “Es cierto
lo que dice voacé, seor soldado,
y quien dijere lo contrario, miente.”
Y luego incontinente
caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese y no hubo nada.

La Galatea (1585)

A los pocos años de su regreso del cautiverio de Argel, Cervantes, recién casado, publica su primera obra extensa, una novela pastoril, La Galatea. Se publicó en Alcalá de Henares en 1585, con el título de Primera parte de la Galatea, dividida en seis libros.Durante algún tiempo se creyó que era una obra juvenil de Cervantes, pero una carta del autor, fechada en 1582, en la que dice que está componiendo La Galatea, desdice esta opinión.
En el prólogo de la novela, el mismo Cervantes da a entender que había tenido en suspenso su publicación, cuando dice: “huyendo de estos dos inconvenientes (la excesiva ligereza y la escrupulosa tardanza), no he publicado antes de ahora este libro, ni tampoco quise tenerle para mí solo más tiempo guardado, pues para más que para mi gusto solo le compuso mi entendimiento”.
Una vez que obtuvo el Privilegio para la impresión y venta del libro, Cervantes lo vendió al “mercader de libros” Blas de Robles por 1336 reales. En vida de Cervantes, solo dos veces, que sepamos, se reimprimió La Galatea: en Lisboa, en 1590, y en París, en 1611. Ambas ediciones están plagadas de omisiones y errores. La obra no tuvo apenas éxito literario, comparándola, no ya con el de la Diana de Montemayor (1559), cuya difusión fue realmente extraordinaria, sino con el de la Diana enamorada (1564) de Gaspar Gil Polo, que tuvo más de ocho ediciones.
Sin embargo, Cervantes tenía la profunda convicción de que había escrito una obra inmortal, y achacaba a ignorancia de los mercaderes y a malevolencia de los del oficio la escasa popularidad de su novela. Así hace decir a Delio en su Viaje del Parnaso(Madrid, 1614):
“No se estima,
señor, del vulgo vano el que te sigue
y al árbol sacro del laurel se arrima.
La envidia y la ignorancia le persigue,
y así, envidiado siempre y perseguido,
el bien que espera por jamás consigue.
Yo corté con mi ingenio aquel vestido
con que al mundo la hermosa Galatea
salió, para librarse del olvido.”
Cervantes pasó su vida prometiendo escribir la segunda parte de la obra: lo hizo en la dedicatoria de las Ocho comedias y entremeses nuevos (Madrid, 1615), en el prólogo de la segunda parte del Quijote (1615) y en la dedicatoria al conde de Lemos de Los trabajos de Persiles y Sigismunda (Madrid, 1617).
La obra, como se ha dicho, consta de seis libros. Cervantes siempre pensó que estaba escribiendo poesía y no narrativa, lo cual es muy comprensible ya que no tiene mucho que ver con el concepto de novela. La trama es tan tenue que se ha llegado a pensar que se reduce a un simple pretexto para engarzar los abundantes poemas, en los que se centraría el interés de Cervantes.
En torno al tema principal se apiñan numerosísimos relatos secundarios; casi todos ellos narran amores pueblerinos desde una perspectiva distinta a la del estereotipado mundo pastoril. Esta diversidad de elementos aumenta la densidad de la novela.
La acción comienza in medias res con los lamentos del pastor Elicio motivados porque el viejo Aurelio, padre de Galatea, la ha prometido en matrimonio a un pastor lusitano, Erastro, cuya llegada se espera de un momento a otro. Galatea, que es una hija modélica, vacila entre cumplir la voluntad de su padre o complacer a su enamorado Elicio; al final, opta por la segunda actitud. El pastor, dispuesto a evitar la boda a todo trance, pide ayuda a sus compañeros, que acuden masivamente  a su llamamiento. El ideal que les impulsa es puramente platónico: evitar que las riberas del Tajo se vean privadas de la belleza de Galatea que las alumbra con su resplandor. Cierra La Galatea el “Canto de Calíope” del sexto libro, sobre los poetas de su época, a imitación de Gil Polo.

La Galatea en la tradición pastoril

La Galatea es, como hemos dicho, la primera novela de Cervantes, pero el tema pastoril estará presente en muchas ocasiones en su obra. En El Quijote de 1605, por ejemplo, en la historia de Marcela y Grisóstomo, con la espléndida introducción del “discurso de la edad dorada” (capítulos 11 al 14) y en la historia de la pastora Leandra (capítulos 50-51). En la segunda parte del Quijote, el protagonista, derrotado por el mundo caballeresco, busca refugio en el pastoril. Lo pastoril es un continuo temático en la obra de Cervantes.
Thomas Cole - Dream of ArcadiaEste tipo de novelas alcanzó su momento de esplendor en la segunda mitad del siglo XVI, aunque no llegaron a ser tan populares como las de caballerías.
Aunque la fuente más importante de la novela pastoril renacentista fue la Arcadia, del escritor italiano Iacopo Sannazzaro (1456-1530), sus orígenes se encuentran en los narradores griegos Teócrito y Longo, y en el poeta latino Virgilio.
Virgilio había imaginado un espacio ideal llamado Arcadia. En este espacio sin tiempo ni lugar en el que el ocio se oponía al negocio ciudadano, el ser humano aspira a ser pastor para lograr la meditación interior. El río, el árbol, el valle son naturaleza a la que el pastor puede dirigirse mediante el diálogo.
El hombre renacentista sabe que esa Arcadia no existe, pero es un ideal que implica un movimiento interior que le lleva al diálogo consigo mismo y con los demás.
Pueden también rastrearse ciertos elementos pastoriles en algunas novelas de caballerías, al final de Los amores de Clareo y Florisea, así como en las églogas dramáticas de Juan del Encina y en las églogas líricas de Garcilaso de la Vega.
La novela pastoril renacentista relaciona el ambiente bucólico con el cortesano; esa mezcla permitió, en su época, una lectura en clave en la que se transmitían alusiones a personas y sucesos reales, que actualmente se nos escapan.
guercinoEl hilo conductor de la novela pastoril se construye también mediante el viaje: los personajes caminan buscando su felicidad. En la historia se distinguen dos tipos de acciones: una presente, lenta, y otras en pasado, que son las constituidas por los relatos de los pastores. Durante el viaje se suman historias de problemas amorosos de otros personajes, que se comunican y comparten.
Los protagonistas de la novela pastoril son pastores idealizados que se comportan y hablan como cortesanos y se caracterizan por su castidad. En este tipo de novelas, los personajes femeninos adquieren protagonismo.
El espacio donde habitan y dialogan los pastores representa el mundo ideal al que se aspira como evasión de la realidad. Constituye un espacio bucólico: arcádico, compuesto por los elementos naturales propios de locus amoenus: árboles, fuentes, valles umbrosos, verdes prados, arroyuelos, ovejas…
La novela pastoril coincide con la novela de aventuras en el comienzo in medias res y en la interpolación de historias intercaladas.
El Juicio de ParisEn estas novelas, el diálogo adquiere gran importancia y el papel del narrador queda restringido: se limita a ceder la palabra a los personajes, a iniciar y concluir escenas o a realizar breves descripciones, y no intercala digresiones. De este modo, casi toda la historia es transmitida por las intervenciones de los personajes, por lo que el discurso es básicamente dramático.
Este diálogo se interrumpe por medio de dos procedimientos:
  • Cartas. El intercambio de cartas figura en todas las historias, pero, a diferencia de la novela sentimental, no son el elemento constructivo básico.
  • Poemas. A veces funcionan como nudos del relato: cuentan sucesos necesarios para entender la historia; otras son solo descansos en la narración.
En España, este tipo de novelas se inaugura en 1559 con Los siete libros de Diana, obra de Jorge de Montemayor, que se convirtió en un modelo. La obra combina elementos de la narrativa, la lírica y el drama en una estructura en prosa con intercalación de verso. La obra resalta el papel que desempeña el amor en el destino de la persona y la dignidad del enamorado que lo sufre.  La Diana de Montemayor sigue la antigua tradición de presentar su novela como una historia verdadera. Así lo afirma en el “Argumento de este libro”, que incluye al principio de la obra:
Y de aquí comienza el primero libro, y en los demás hallarán muy diversas historias, de casos que verdaderamente han sucedido, aunque van disfrazados debajo de nombres y estilo pastoril
Esta novela tuvo veinte ediciones en treinta años y pronto se tradujo al francés y al inglés.
Aquí tenéis un fragmento del libro I de Los siete libros de Diana de Jorge de Montemayor:
No mucho después de que los pastores dieron fin al triste canto, vieron salir dentre el arboleda, que junto al río estaba, una pastora tañendo con una zampoña, y cantando con tanta gracia y suavidad como tristeza; la cual encubría gran parte de su hermosura, que no era poca. Y preguntando Sireno, como quien había mucho que no repastaba en aquel valle, quién fuese, Sylvano le respondió:
— Esta es una hermosa pastora que de pocos días acá apacienta por estos prados, muy quejosa de amor, y según dicen con mucha razón, aunque otros quieren decir que ha mucho tiempo que se burla con el desengaño
—¿Por ventura—dijo Sireno—, está en su mano el desengañarse?
—Sí—respondió Sylvano—, porque no puedo yo creer que haya mujer en la vida que tanto quiera, que la fuerza del amor le estorbe entender si es querida o no.
—De contraria opinión soy yo.
—¿De contraria? —dijo Sylvano—. Pues no te irás alabando, que bien caro te cuesta haberte fiado en las palabras de Diana, pero no te doy culpa, que así como no hay quien venza su hermosura, así no habrá a quien sus palabras no engañen.
—¿Cómo puedes tú saber eso, pues ella jamás te engañó con palabras ni con obras?
—Verdad es— dijo Sylvano— que siempre fui de ella desengañado, mas yo osaría jurar, por lo que después ha sucedido, jamás me desengañó a mí sino por engañarte a ti. Pero dejemos esto, y oigamos a esta pastora que es gran amiga de Diana, y según lo que de su gracia y discreción me dicen, bien merece ser oída.
A este tiempo llegaba la hermosa pastora junto a la fuente cantando este soneto:
Ya he visto yo a mis ojos más contento,
ya he visto más alegre el alma mía,
triste de la que enfada, do algún día
con su vista causó contentamiento.
Mas como esta fortuna en un momento
os corta la raíz del alegría:
lo mismo que hay de un es a un ser solía
hay de un gran placer a un gran tormento.
Tomaos allá con tiempos, con mudanzas,
tomaos con movimientos desvariados,
veréis el corazón cuán libre os queda.
Entonces me fiaré yo en esperanzas,
cuando los casos sean sojuzgados,
y echado un clavo al eje de la rueda.

“Razonar casos de amor”

En el universo poético de La Galatea, el elemento clave es el concepto del amor, como es de esperar en una novela pastoril, aunque la de Cervantes no tienen tan nítidos e íntegros contornos como la Diana de Montemayor, por ejemplo.
El amor de La Galatea tiene una filiación claramente neoplatónica que lo une necesariamente a la naturaleza. Para los neoplatónicos del siglo XVI, el amor es una fuerza trascendente de acercamiento a la forma perfecta y por tanto tiene dentro de él la virtud cognoscitiva. El pastor –el más fino enamorado que se pueda dar– posee ciencia infusa en esas materias. Cervantes está inspirándose en los más conocidos expositores italianos de la teoría neoplatónica del amor: León Hebreo, Castiglione, Pietro Bembo y Mario Equicola.
Pero en La Galatea a veces el amor esta tan hondamente enclavado en la personalidad del pastor, que no se puede hablar de teoría, sino de sufriente e ilógica humanidad. Basta repasar algunos de los “casos de amor” para vez cómo el concepto de amor se empapa de vida concreta y se aparta de la teorización abstracta.
Creí que el fuego que en el alma enciende
el niño alado, el lazo con que aprieta,
la red sotil con que a los dioses prende,
y la furia y el rigor de su saeta,
que así ofendiera como a mí me ofende
al sujeto sin par que me sujeta;
mas contra un alma que es de mármol hecha,
la red no puede, el fuego, el lazo y flecha.
Yo sí que al fuego me consumo y quemo,
y al lazo pongo humilde la garganta,
y a la red invisible poco temo,
y el rigo de la flecha no me espanta.
Por eso soy llegado a tal extremo,
a tanto daño, a desventura tanta,
que tengo por mi gloria y mi sosiego
la saeta, la red, el lazo, el fuego.
Esto cantaba Elicio, pastor en las riberas de Tajo, con quien naturaleza se mostró tan liberal cuanto la Fortuna y el Amor, escasos; aunque los discursos del tiempo, consumidor y renovador de las humanas obras, le trujeron a términos que tuvo por dichosos los infinitos y desdichados en que se había visto (y en los que su deseo le había puesto) por la incomparable belleza de la simpar Galatea, pastora en las mesmas riberas nacida; y, aunque en el pastoral y rústico ejercicio criada, fue de tan alto y subido entendimiento que las discretas damas, en los reales palacios crecidas y al discreto trato de la corte acostumbradas, se tuvieran por dichosas de parecerla en algo, así en la discreción como en la hermosura.

El mundo natural de La Galatea

El mundo natural en que viven estos pastores también tiene características propias, aunque mucho menos acusadas que en el concepto del amor. El punto de partida es el hecho de que la Escolástica medieval había convertido al concepto de Naturaleza es algo bifronte, expresado en la dualidad Natura naturata y Natura naturans.
La naturaleza creada (Natura naturata) es captada siempre por el neoplatonismo ambiental del Renacimiento en su expresión mínima, de siempre y ubicua: un prado, un árbol, una fuente. Se trata de la idea de naturaleza, que en La Galatea y las demás novelas pastoriles se expresa con un mundo natural esencializado, que rueda, incambiable, por toda esa literatura platonizante.
El concepto de Natura naturans está en la raíz de todo culto naturista, desde el De planctu Naturae de Alain de Lille (siglo XII) hasta Yerma de García Lorca. De todas estas épocas es el Renacimiento la que con mayor fervor canta las glorias del poder efectivo y actuante de Naturaleza, con mayúscula, ya que su culto la ha elevado al rango de divinidad o semi-diós, por lo menos.
Es esta naturaleza, de efectivos poderes demiúrgicos, la que informa y sostiene el mundo poético renacentista. La Galatea no puede constituir excepción, pero en la cita que sigue sí ofrece nuevas matizaciones:
Aquí se ve en cualquiera sazón del año andar la risueña primavera con la hermosa Venus en hábito sucinto y amoroso, y Céfiro que la acompaña, con la madre Flora delante, esparciendo a manos llenas varias y odoríferas flores. Y la industria de sus moradores ha hecho tanto, que la naturaleza, incorporada con el arte, es hecha artífice y connatural del arte, y de entrambas a dos se ha hecho una tercia naturaleza, a la cual no sabré dar nombre.

El Quijote (1605-1615)

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Parece ser que Cervantes tenía intención inicialmente de escribir un relato corto de tema metaliterario sobre un anciano hidalgo que enloquece de tanto leer libros de caballerías. Sin embargo, el escritor se decidió a convertirlo en una narración más extensa, una novela, complicándolo técnica y argumentalmente, pero sin abandonar el tono de parodia. Así, en el año 1605, salió a la luz El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. El enorme éxito de la novela dio lugar a numerosas reediciones y traducciones que se sucedieron durante años, hasta la publicación de la Segunda parte en 1615.
La novela es un relato lineal estructurado en dos partes bien diferenciadas y organizadas en torno a las tres salidas del protagonista.

Primera parte (1605): las dos primeras salidas

Don_Quixote_5Tal como hemos comentado, es posible que Cervantes tuviese la intención inicial de escribir un relato corto para plantear un tema de crítica literaria. Esta posibilidad se deduce del contenido de los seis primeros capítulos de la novela, concretamente los que narran la primera salida de don Quijote. Estos capítulos, conocidos como “la novelita” entre algunos estudiosos de la obra, podrían configurarse como una relato independiente, con una estructura y un argumento cerrados: Alonso Quijano, enloquecido por la lectura de malas novelas, se pone el nombre de don Quijote de la Mancha y abandona su casa para convertirse en un caballero andante. Sin embargo, sus aventuras fracasan pronto estrepitosamente y regresa maltrecho a su hogar.
Una vez allí, mientras se repone, sus amigos, el cura y el barbero, hacen una hoguera donde queman los libros que han provocado la locura del protagonista. Todos ellos son obras que existían en la vida real, novelas de éxito en la época. Uno a uno, van decidiendo cuál merece ser quemado y cuál debe ser salvado. Si el Quijote finalizase con este episodio, el autor terminaría su novela con una reflexión sobre la literatura de su época, que era el primer objetivo de su obra.
Sin embargo, Cervantes decidió continuar con su narración. En el capítulo VII, apenas un mes después del forzoso regreso a su hogar, don Quijote se dispone a salir de nuevo. Para ello, pide a Sancho Panza que se convierta en su escudero, y juntos emprenden la segunda salida. A partir de aquí, Cervantes comienza a desarrollar un recurso típico de los libros de caballerías: inventa la figura de un historiador, Cide Hamete Benengeli, sabio cronista arábigo que ha recopilado todas las hazañas y aventuras del famoso don Quijote de la Mancha y cuyos textos el narrador dice limitarse a traducir.
Esas aventuras son muy numerosas: el famoso episodio de los molinos de viento a los que se enfrenta el protagonista debido a que los confunde con gigantes; el de los cueros de vino con los que se bate en sueños en la venta; el humorístico juicio para averiguar si la bacía de barbero que don Quijote cree que es el yelmo de Mambrino (el cual, según la creencia, hacía invisible a su portador) es definitivamente yelmo o bacía; la misión que encomienda a Sancho de llevarle una carta de amor a Dulcinea y que Sancho no lleva a buen término, un elemento común que las caracteriza: don Quijote siempre ve el mundo real a través del prisma de la literatura y tiene un empeño constante en que la vida sea como la ha conocido en los libros.
La primera parte, además, está llena de digresiones y de variados personajes, cuyas historias se van cruzando con la de don Quijote y Sancho.

Segunda parte (1615): la tercera salida

La segunda parte se caracteriza por la habilidad con que Cervantes se mueve de la realidad a la ficción y viceversa. De hecho, el argumento arranca de un rato real: la primera parte del Quijote ha tenido gran éxito y el autor quiere dejar constancia de ello en la segunda. Cuando comienza la acción, encontramos a don Quijote y a Sancho conversando con el bachiller Sansón Carrasco sobre los famosos que los ha hecho la crónica de Cide Hamete Benengeli.
clavilec3b1o-2.jpgLos protagonistas se separan para salir de nuevo y dar al historiador más motivos para escribir sobre ellos. En su tercera salida, vivirán las aventuras del Palacio de los Duques, el gobierno de Sancho en la ínsula Barataria o los enfrentamientos con el Caballero de los Espejos y el de la Blanca Luna (en realidad, el bachiller Sansón Carrasco disfrazado). Pero también sufrirán una desagradable experiencia: “un embustero perverso” ha escrito una “falsa historia sobre don Quijote y Sancho” y existen unos impostores que andan por ahí haciéndose pasar por ellos intentando manchar su buena reputación.
Con este episodio, el autor alude de nuevo a la vida real: se refiere a la publicación del Quijote de Avellaneda, obra que un enemigo suyo, oculto bajo seudónimo, escribe como pretexto para atacar la creación literaria de Cervantes e insultarlo. Cervantes, a través de sus personajes, responde a Avellaneda y deja bien claro quiénes son los verdaderos don Quijote y Sancho.
El desenlace de la novela viene dado por el desánimo que los últimos acontecimientos provocan en don Quijote: ha sido derrotado en la playa de Barcelona por el Caballero de la Blanca Luna y se ha malogrado su sueño de convertirse en un héroe legendario. Desencantado, decide regresar a casa, donde muere rodeado de su familia y sus amigos.
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El final de la novela adquiere una doble interpretación. La primera se relaciona con la ficción novelesca: sin ideales, don Quijote no puede vivir, solo la vida literaria tiene razón de ser para él. La segunda tiene que ver con la realidad: la muerte del protagonista es un recurso de Cervantes para evitar que vuelva a ocurrir lo sucedido con Avellaneda: muerto el protagonista, ya no habrá otras continuaciones posibles para el relato.

Novelas ejemplares (1613)

LAS NOVELAS EJEMPLARES
Tras el éxito de la primera parte de El Quijote, Cervantes publica en 1613 una colección de doce novelas cortas al estilo de las que se escribían en Italia.
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En el Renacimiento, el término italiano novella se aplicaba de manera exclusiva a breves narraciones en prosa, que trataban asuntos reales o imaginarios, a menudo de índole procaz, centrados en la vida presente. Los antecedentes están en los narradores renacentistas italianos (Boccaccio, Bandello…), elLazarilloLos siete libros de la Diana de Jorge de Montemayor y la Historia etiópica, la novela bizantina de Heliodoro (siglo II).
Las Novelas ejemplares (1613) forman una colección de doce relatos. Cervantes dio el nombre de novelas a estos relatos para llamar su atención sobre la novedad y la originalidad de una forma narrativa de origen italiano: la novela corta, antes mencionada.  Consciente de su nueva aportación afirma con orgullo en el prólogo a las Novelas ejemplares:
“Yo soy el primero que he novelado en lengua castellana; que las muchas novelas que en ella andan impresas, todas son traducidas de lenguas extranjeras, y estas son mías propias, no imitadas ni hurtadas; mi ingenio las engendró y las parió mi pluma, y van creciendo en los brazos de la estampa”.
Cervantes, por otra parte, modifica sustancialmente este modelo: alarga su extensión, concede mayor relevancia al diálogo, rebaja la presencia de lo maravilloso, nacionaliza asuntos y personajes.
Cervantes llama a sus novelas “ejemplares”, adjetivo que expresa su conexión con los exempla medievales, y que explica en el prólogo:
“Heles dado nombre de ejemplares, y si bien lo miras, no hay ninguna de quien no se pueda sacar algún ejemplo provechoso”.
Sin embargo, pese a esta afirmación, el adjetivo “ejemplares” debe entenderse en un sentido más amplio, no solo desde un punto de vista moral, sino también estético, pues pretende crear un modelo narrativo digno de imitación en el futuro.
Las novelas reflejan la influencia renacentista aristotélica en dos aspectos: la búsqueda de verosimilitud, aunque no siempre de realismo, y la creación de personajes que responden más a un tipo literario que a una individualidad. Algunas Novelas ejemplares tienen un planteamiento idealista y otras se acercan al realismo próximo a la picaresca, pero en general las historias dan la sensación de verosimilitud y se nos presentan como si hubiesen ocurrido en la realidad. En estas novelas, Cervantes muestra su tendencia a acabar los relatos con un final feliz.
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