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jueves, 1 de junio de 2017

LA VIDA DE UNA MUJER RUSA (XVI y XVII)

 La regencia de Sofía Alexeievna: la salida de las mujeres rusas del Terem


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Natalia Naryshkina.


La vida para una mujer rusa del siglo XVI y XVII no era sencilla. Toda su existencia estaba subyugada a los intereses de los hombres, y la mayoría de las veces estaban muy claras las pautas que tenía que cumplir. Más aún cuando se trataba de miembros de la familia imperial rusa. Como una herencia de Bizancio, en la corte moscovita el papel de la mujer era insignificante, y la mayoría de las veces se reducía a dos roles: la emperatriz tenía la misión de concebir un heredero varón; las hijas y las hermanas del zar eran valiosos trofeos con los que sellar alianzas. Además, la sucesión en Rusia se regía por la primogenitura masculina, pasándose así el trono en línea descendiente, siempre entre los vástagos varones de la familia imperial. De hecho, mientras en reinos como Inglaterra o Suecia, las mujeres podían acceder al trono, en la Rusia del siglo XVII era algo impensable.
La elección de una emperatriz consorte seguía unas reglas muy rígidas que venían repitiéndose desde hacía muchos años. Cuando el zar quería contraer matrimonio, se organizaba un concurso de novias que era escrupulosamente vigilado por los funcionarios de palacio, y en la sombra, por las grandes familias de Rusia. Como normalmente se presentaban candidatas de la aristocracia, sus familiares hacían todo lo posible para que el soberano se fijase en ellas. Hasta tal punto era así que llegaron a vivirse incidentes muy desagradables, como el envenenamiento de una candidata favorable para hacer creer al zar que estaba enferma.
A continuación, la elegida y nueva emperatriz pasaba a vivir en un complejo del palacio que se llamaba Terem, muy parecido al harén de los otomanos. Allí cada día se repetía con el anterior, y esas mujeres vivían aisladas del mundo. Sin embargo, en 1669, las cosas empezaron a cambiar, iniciándose el final del arcaico Terem. Aquel año, Alexis Romanov, zar de Rusia, había quedado viudo y quería volver a casarse. Como siempre, se organizó un concurso de novias, pero los rumores decían que ya se había fijado en una muchacha: Natalia Naryshkina. Hija de una poderosa familia de boyardos, Natalia había recibido una educación semioccidental, convirtiéndose en una mujer instruida. Por eso, cuando Alexis la convirtió en su esposa, Natalia consiguió eludir el Terem. De hecho, la nueva zarina tenía tan cautivado al monarca que le acompañaba en sus viajes y podía pasearse libremente por el Kremlin. Todo ello mientras, enclaustradas, las seis hijas del zar vivían como habían hecho todas sus predecesoras. Y es precisamente allí donde vivía una mujer fascinante, y que iba a jugar un papel importante en la corte de Rusia: Sofía. Nacida como una más de las hijas de Alexei, esta indómita joven había conseguido con su sagacidad y talento recibir una educación propia de un zar. Negándose a vivir aislada del mundo, Sofía aprovechaba esos momentos de instrucción para mostrar así todo su talento. Seguramente sentía desprecio y odio por aquella joven que se había convertido en su madrastra y tenía fascinado al zar, hasta el punto de que podía hacer su vida fuera del Terem.

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 ELECCIÓN DE  NOVIAS PARA LOS ZARES
Cuando Natalia tuvo un hijo, al que llamaron Pedro (el futuro Pedro el Grande), su posición en la corte se consolidó. Ahora el zar Alexis tenía tres herederos varones: dos hijos de su primera esposa, Fiódor e Iván –hermanos de Sofía–, y el pequeño Pedro. La dinastía estaba asegurada. Pero cuando Natalia y su familia creían que habían afianzado su situación en la corte, la salud del zar Alexis empeoró. Finalmente, en 1676, el emperador falleció y el trono pasó a su hijo primogénito, Fiódor III. Ese fue el inicio del cambio para Sofía. Como Fiódor era débil de carácter, mentalmente inestable y de constitución enfermiza, la princesa se colocó a la sombra de su hermano y empezó a saborear las mieles del poder. Ahora Natalia y Sofía estaban en una posición frágil: la primera era la madrastra del zar, y por lo tanto, debía esforzarse por mantener el cariño de Fiódor; la segunda había abandonado el Terem, dejando tras de sí a sus hermanas, y necesitaba ejercer su ascendiente sobre el muchacho si quería continuar donde estaba.
Aquellos fueron años de una verdadera tensión en la corte. Aunque casado, Fiódor no podía tener descendencia, y su salud se mermaba con cada año que pasaba; además del hecho de que su hermano Iván y su hermanastro Pedro eran todavía pequeños. De modo que cuando el zar cayó enfermo en 1682, todas las facciones se pusieron manos a la obra. La misma pregunta estaba por todas partes: ¿Quién iba a heredar el trono? ¿Quizás el hermano pequeño de Fiódor, Iván, un discapacitado mental? ¿O más bien Pedro, un muchacho sano y fuerte? Peor aún, como Iván y Pedro eran menores de edad, todos veían que iba a ser inevitable una regencia.
Fiódor murió el 7 de mayo. A continuación, el Consejo de Boyardos se reunió para considerar la situación: el siguiente en la línea de sucesión era Iván, pero su incapacidad no le hacía un candidato apto, así que finalmente optaron por Pedro, de diez años de edad, nombrando a Natalia regente. Aquello fue demasiado para Sofía. La zarevna había disfrutado demasiado de sus días fuera del Terem y no estaba dispuesta a regresar.Además, consideraba indigno que se vilipendiaran los derechos de su hermano Iván –lo que en la práctica se traducía en quitarle su poder a la sombra del trono–. Durante las horas siguientes, Sofía hizo correr un rumor por las principales calles de Moscú: Iván estaba en peligro… Querían asesinarlo.
Tal y como ella esperaba, la noticia llegó al cuartel de los streltsí, un cuerpo de mosqueteros nacido con la misión de proteger al zar en el Kremlin. Entonces se desató el caos en la ciudad. Los streltsí se armaron y acudieron a las puertas de palacio exigiendo la cabeza de los familiares de la zarina Natalia, como responsables del supuesto asesinato de Iván. Cuando Natalia sacó a Iván y a Pedro a la plaza, los streltsí comenzaron a clamar a los pequeños, pero aquello no era suficiente. Querían sangre, y más concretamente la sangre de todos los Naryshkin. ¿Qué podía hacer Natalia? Se trataba de su padre y de sus hermanos. Entonces, Sofía hizo su entrada en escena como buena oportunista que sabía ser. Presentándose ante su madrastra, advirtió a Natalia que debía entregar a su propio hermano o morirían todos; no había alternativa. Las horas siguientes, la zarina se despidió entre lágrimas de su amado hermano y lo dejó partir para ser asesinado. Mientras ella lloraba y rezaba en la capilla de palacio, Sofía sabía que había ganado. La facción de los Naryshkin había sido eliminada. Y como Pedro e Iván eran demasiado pequeños para reinar, solo había una opción viable: Sofía iba a convertirse en la regente. Por primera vez en Rusia, una mujer asumía el poder imperial, si bien no como zarina, sí como gobernante de facto. Y ciertamente, ese fue el verdadero final de los días en el Terem.
Natalia Naryskhina saca a Pedro y a Iván a la plaza. Fuente.
Natalia Naryskhina saca a Pedro y a Iván a la plaza. Fuente
Una vez en el poder, Sofía se preocupó por restaurar los derechos dinásticos de su hermano. De modo que hizo reunir al Consejo de Boyardos y ordenó que se tuviera en cuenta a Iván. Incluso sabiendo que el muchacho era discapacitado, todos temían a Sofía y su nutrido cuerpo de mosqueteros, que habían regado Moscú con la sangre de sus enemigos. Así que por primera vez en la historia de Rusia, hubo dos zares: Iván V y Pedro I. A continuación, y para legitimar su regencia, Sofía organizó una doble coronación repleta de fasto y gloria. Mientras esos dos jóvenes estuviesen vivos, ella continuaría ostentando el gobierno de Rusia.
Los meses siguientes, Natalia siguió viviendo en el Kremlin, pero su situación ya no era para nada envidiable. Destrozada por el asesinato de su hermano, la zarina se encerró en sus aposentos y se sometió a los designios de su hijastra Sofía, aterrada por la presencia de los despiadados streltsí, que ahora estaban bajo las órdenes directas de la regente. Con una pobre pensión siempre insuficiente, Natalia pedía a parientes y miembros de la Iglesia que la ayudasen. Por su parte, Sofía ya no se preocupaba en soportar a aquella mujer que había sido su madrastra durante años. Gozando de una situación privilegiada, saboreó su venganza ignorándola, hasta el punto de que Natalia terminó trasladándose a una villa en el campo para huir del asfixiante clima del Kremlin.
El tiempo fue pasando y Sofía se acostumbró demasiado bien al poder imperial. Residiendo en el Kremlin, la regente dirigía la alta política con miras a recuperar los territorios perdidos tras los oscuros días que siguieron a la muerte de Iván el Terrible. Sin embargo, el fin de su regencia estaba cada día más cerca. Sus hermanos se hacían mayores. Y mientras Iván era un peón fácil de dominar, el zarévich Pedro crecía fuerte y sano. De hecho, Sofía no ignoraba la gran amenaza que suponía su hermanastro. Pese a vivir una vida idílica en el campo, algunos miembros de la corte ya miraban hacia la mayoría de edad de Pedro, y por consiguiente, hacia el nuevo reinado. Por eso mismo, Sofía intentaba mantenerle siempre ocupado con su afición favorita: las guerras ficticias que Pedro organizaba con sus amigos. De hecho, la regente solía enviarle pequeños batallones para que jugasen con él.
Retrato de Sofía Alexeievna como regente. Fuente.
Retrato de Sofía Alexeievna como regente. Fuente
Cuando Pedro cumplió 17 años, Sofía supo que la cuenta atrás estaba a punto de terminar. Entonces sus aliados le susurraron una idea impensable años atrás: ¿por qué no se convertía en zarina? Los streltsí estaban de su lado y Pedro, a fin de cuentas, era un extraño para todos, después de vivir tantos años alejado de Moscú. Así que, una vez más, Sofía Alexeievna conspiró para ceñirse la corona imperial como primera zarina de Rusia. Sin embargo, ignoraba algo importante: ahora se estaba enfrentando a un zar ungido, precisamente lo que los streltsí habían jurado proteger.
No pasó demasiado tiempo hasta que Pedro y su madre supieron de las intrigas de Sofía y se encerraron en el monasterio Troistky. A continuación, el muchacho hizo un llamamiento y ordenó a todos los streltsí que se presentasen ante él y le jurasen lealtad. Así cayó Sofía. Viendo como sus fieles mosqueteros la abandonaban y se encaminaban al monasterio, la regente supo que, esta vez, había perdido. A continuación, Pedro se ocupó de expulsarla del Kremlin y terminó sus días encerrada en un monasterio, un destino similar al que había vivido hacía muchos años en el Terem.
Sin lugar a dudas, Sofía marcó el final de los días del Terem. Antes de su aparición, existía una barrera infranqueable entre las mujeres rusas y el poder. Pero a partir de entonces, las cosas cambiaron. La regencia de Sofía inauguró un nuevo futuro en el que la idea de una emperatriz gobernante no era tan descabellada, especialmente después de que Pedro el Grande planificase el acercamiento de Rusia a las grandes monarquías europeas. Y una prueba de esto es el hecho de que el Setecientos ha sido considerado el siglo de las zarinas, con cuatro mujeres sentándose en el trono del águila bicéfala, hasta llegar a Catalina la Grande.

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