Páginas vistas en total

sábado, 8 de julio de 2017

"LA CAMACHA" DE MONTILLA Y OTRAS BRUJAS CERVANTINAS

“Bruja soy, no te lo niego; 
bruja y hechicera fue tu madre, 
que tampoco te lo puedo negar”
La Cañizares
El elemento mágico se encuentra por todas partes durante los Siglos de Oro, incluso en la literatura, y Miguel de Cervantes supo tratar esta temática magistralmente. La obra más importante de Cervantes, el Quijote, es una fiel representación de la sociedad española de su tiempo, pero para encontrar a uno de los personajes más típicos de la literatura y de la vida española de la época, o sea la vieja bruja, tenemos que aventurarnos entre las páginas de otras obras del grande escritor, como El trato de ArgelLos trabajos de Persiles y Sigismunda, y El coloquio de los perros. Esta última, la novela ejemplar en la que se centrará nuestra atención, cuenta entre sus personajes tres hechiceras, una de ellas, la Camacha, inspirada en una mujer real que vivió en la Andalucía del siglo XVI. Las brujas y las hechiceras, viejas poseedoras de secretos y fórmulas mágicas, en la literatura del Siglo de Oro están relacionadas con el amor y el desamor, como la célebre Celestina, que dirige los amores de Calixto y Melibea, y que llega, a lo largo de los siglos, a transformarse en prototipo (y su nombre en adjetivo). Estas criaturas fantásticas  tienen una historia muy  larga: ya aparecen en la Biblia, donde el rey Saúl consulta a la “bruja de Endor”, y  en el período clásico en la forma de seres alados, las “estirges” que comían carne de bebés. En el mundo antiguo donde se encuentran las hechiceras de la mitología griega como Circe  y Medea,  se establecieron una serie de figuras retóricas que en los siglos siguientes serían asociadas a las brujas.
Medea, poseedora de poderes sobrenaturales
Medea, poseedora de poderes sobrenaturales. Fuente
Para aclarar la diferencia entre hechiceras y brujas, hacemos referencia a los estudios de Julio Caro Baroja, que relaciona la hechicería con la práctica solitaria y urbana y la brujería con la práctica comunitaria y rural. La hechicera invoca al Diablo en sus rituales mágicos; la bruja adora al Diablo, ante el cual ha jurado obediencia, e instigada por él debe practicar todo el mal que pueda.
Llegamos ahora a la obra cervantina El coloquio de los perros, que es una de las Novelas ejemplares (publicadas en 1613), protagonizada por Cipión y Berganza, dos perros sabios y con capacidad de lenguaje. Berganza cuenta a Cipión sus peripecias picarescas con distintos amos, recorriendo diferentes lugares como Sevilla, Montilla y Granada, hasta llegar a Valladolid. El perro, durante su peregrinación encuentra una hechicera montillana, la Cañizares, la cual le refiriere que una compañera suya, la Montiela, también hechicera, dio a la luz dos perros en lugar de dos niños. Cervantes describe la celestinesca Cañizares, conforme a la creencia de su tiempo de que la hechicera debía ser vieja y horripilante - a diferencia de las clásicas Erito, Medea o Circe, todas mujeres jóvenes y bellas - con estas palabras:
“Ella era larga de más de siete pies; toda era notomía de huesos, cubiertos con una piel negra, vellosa y curtida; con la barriga, que era de badana, se cubría las partes deshonestas, y aun le colgaba hasta la mitad de los muslos; las tetas semejaban dos vejigas de vaca secas y arrugadas; denegridos los labios, traspilla. dos los dientes, la nariz corta y entablada, desencajados los ojos, la cabeza desgreñada, las mejillas chupadas, angosta la garganta y los pechos sumidos; finalmente, toda era flaca y endemoniada.” 
La Montiela, era discípula de la Camacha y llegó a superarla. Por ello, la Camacha se vengó convirtiendo sus niños en perritos y sólo al cumplirse de una profecía, los dos habrían vuelto a su naturaleza humana. Cervantes, a través de las palabra de la Cañizares, nos describe la Camacha de Montilla, la cual, como Circe, “convertía los hombres en animales”:
“Has de saber hijos que en esta villa vivió la más famosa hechicera que hubo en el mundo, a quien llamaron la Camacha de Montilla; fue tan única en su oficio, que las Eritos, las Circes, las Medeas de quien he oído decir están las historias llenas, no la igualaron. Ella congelaba las nubes cuando quería, cubriendo con ellas la faz del sol, y cuando se le antojaba volvía sereno el más turbado cielo; traía los hombres en un instante de lejanas tierras; remediaba maravillosamente las doncellas que habían tenido algún descuido en guardar su entereza; cubría a las viudas que con honestidad fuesen deshonestas; descasaba las casadas, y casaba las que ella quería. Por diciembre tenía rosas frescas en su jardín y por enero segaba trigo. Esto de hacer nacer berros en una artesa era lo menos que ella hacía, ni el hacer ver en un espejo, o en la uña de una criatura, los vivos o los muertos que le pedían que mostrase. Tuvo fama que convertía los hombres en animales, y que se había servido de un sacristán seis años, en forma de asno, real y verdaderamente, lo que yo nunca he podido alcanzar cómo se haga, porque lo que se dice de aquellas antiguas magas, que convertían los hombres en bestias, dicen los que más saben que no era otra cosa sino que ellas, con su mucha hermosura y con sus halagos, atraían a los hombres de manera que las quisiesen bien, y los sujetaban de suerte, sirviéndose dellos en todo cuanto querían, que parecían bestias.” (pp. 336-337)
«La más famosa hechicera que hubo en el mundo», dice la Cañizares, y efectivamente la Camacha de Montilla fue célebre entre las brujas de Andalucía, además de ser el referente real de Cervantes al que se inspiró para crear el personaje de su obra. Cervantes se encontraba en Montilla (Córdoba) en 1591 en calidad de encargado para el suministro de las galeras españolas, y probablemente, puesto que la curiosidad no le faltaba, prestó oídos a las noticias que circulaban por la villa sobre una hechichera llamada Leonor Rodríguez, o sea la Camacha. Así pues, es lícito pensar que su estancia en Montilla le sirvió como fuente para escribir El coloquio de los perros.
http://i2.wp.com/www.kainowska.com/sito/wp-content/uploads/2014/12/Jacques-de-Gheyn-II-Witches-16041.jpg
Jocob de Gheyn, “Brujas”, 1604. Fuente
Leonor Rodríguez, la Camacha, nació en Montilla en el año 1532, hija de Elvira García y Alonso Ruiz Agudo; sus abuelos paternos eran Antón García Camacho y Leonor Rodríguez. Tanto a la abuela, como a la madre y la hija se las conocieron como las Camachas, del apellido del abuelo Camacho. La verdadera Camacha, la hechicera, fue Leonor Rodríguez (nieta). Leonor aprendió el arte de fabricar ungüentos de hechiceras cristianas y moriscas y por su propia confesión sabemos que en su casa guardaba todo lo necesario para sus conjuros. Cuando los padres jesuitas de Montilla denunciaron al tribunal inquisitorial de Córdoba la existencia en aquella localidad de más de cincuenta personas hechiceras, la mujer fue encarcelada hasta que su causa fuese resuelta. Sometida a tortura, Leonor confesó minuciosamente como realizaba sus prácticas mágicas y por decisión del tribunal, el lunes 8 de diciembre de 1572 salió en Córdoba en el Auto Público de Fe en forma de penitente acompañada por otras cinco condenadas. Todas ellas fueron acusadas por la misma herejía: “Hechicera e invocadora de demonios”, pero Leonor fue la única hechicera que se vio obligada a pagar una cuantía económica, dado el considerable patrimonio del que era propietaria. Además de a la multa, fue condenada a cien azotes por las calles de la ciudad y otros tantos en su villa natal, y a diez años de destierro. Se estableció en Córdoba e inició allí un nuevo negocio. Murió en 1585, después de una vida de cincuenta y tres años dedicada a las artes mágicas.
La Camacha real fue condenada por hechicera e invocadora de demonios, pero no fue procesada por brujería, así que fue Cervantes el que creó su fama de bruja a través de su obra literaria, introduciendo el elemento diabólico. La Camacha literaria, descendiente de la Celestina, pide ayuda no solo a los diablillos para realizar sus maleficios, sino también al Diablo, Señor de las brujas, así Cervantes realiza el pasaje de la hechicera a la bruja. Las tres mujeres cervantinas, la Camacha, la Montilla y la Cañizares son al mismo tiempo hechiceras y brujas – aunque la última haya procurado dejar la hechicería -, eso revela que la hechicería y la brujería no designaban diferentes categorías de personas, sino diferentes tareas. El autor muestra su conocimiento sobre el asunto tratando en la obra elementos y actividades que la tradición relaciona con la brujería, como el tema de la metamorfosis, asunto que proviene de la antigüedad: la Circe de Homero convertía  a los hombres en cerdos; y el tema de los untes: las brujas utilizaban hierbas alucinógenas para crear pomadas con los que se untaban todo el cuerpo o bebidas que servían para huir de la realidad.
"El coloquio de los perros", particular de la obra de Sofía Gandarias, 2011.
Particular de la obra “El coloquio de los perros”, de Sofía Gandarias, 2011. Fuente
El autor del Quijote, a través de la ironía, abre las puertas de la literatura española a los personajes marginales para los cuales siente una predilección, creando figuras tan carismáticas como la Cañizares y sus compañeras. Con la genialidad que le caracteriza, acompaña a los lectores en su mundo imaginario y al mismo tiempo extremamente real, entre personajes marginados y condenados a una vida de miseria,  donde no faltan el elemento ridículo y la burla. Cervantes, se ríe de la brujería y de las brujas, mujeres engañadoras, capaces de crear ilusiones para huir de una sociedad donde la apariencia es vital, y el honor juega un papel de enorme importancia.
Dice la Cañizares a este propósito:
Rezo poco y en público, murmuro mucho y en secreto. Vame mejor con ser hipócrita que con ser pecadora declarada: las aparencias de mis buenas obras presentes van borrando en la memoria de los que me conocen las malas obras pasadas”.
La descripción de las brujas cervantinas es una mezcla de fantasía y realismo. El escritor, fascinado por el universo mágico, hace que el lector se pierda entre realidad, imaginación, ficción, engaño y desengaño. Como en el Quijote y en general en toda la obra de Cervantes, en El coloquio de los perros también recurre la pregunta: ¿realidad o ficción? La cuestión no solamente interesa la trama de la novela, sino incluso el tema de brujería que afectaba aquella época. Según las estimaciones, entre los s. XII y s. XVIII (entre los años 1540 y 1700 hubo el mayor número de víctimas) más de medio millón de personas fueron declaradas culpables de brujería, hechicería o nigromancia, torturadas, procesadas y asesinadas. Como era previsible, la mayor parte de las acusas pesó sobre las mujeres; entre las imputaciones más comunes se les atribuían pactos con el diablo, tener relaciones carnales con demonios, o comer niños.

No hay comentarios:

Publicar un comentario